Martes, 17 Junio 2008

Cinélite: El mismo amor, la misma lluvia (III)

por Álvaro Pedraz
Trilogía de lo humano. -Tercera parte y última-. La culminación de una mítica serie tras haber visto cómo encara el individuo a la comunidad, la familia y ahora se predispone ante su mayor reto y miedo: la pareja. Posiblemente la más hermosa y redonda de las tres y de todos los tiempos cinematográficos por mostrar una belleza vital jamás alcanzada. Juan José Campanella, con esta película de 1999 roza sino alcanza la emotividad más auténtica y el preciosismo más absoluto.

Nadie duda de la importancia de la amistad, del grupo y por supuesto la familia. Según qué tipos una cosa prima más que el resto, aunque una cosa es clara. La estabilidad sentimental, íntima y de pareja es el punto de partida y de apoyo fundamental más básico y más necesario, es el que alimenta las ilusiones, los proyectos. Si esa necesidad es cubierta, ya puede el trabajo o el mundo ir a rastras, que uno siempre tendrá ese resquicio ilusionante que hará que a las circunstancias se les de la importancia que merecen, la importancia de precisamente eso, circunstancias. Esta película es un recorrido, duro, amargo, aunque ilusionante, en busca de ese punto de apoyo fundamental. Esa estabilidad emocional que todos deseamos, lejos de ñoñerías de cuajo, lejos de ‘Papás por sorpresa’ y ‘Bodas de mis novias’. Hablamos del sentir más universal e irrechazable, el que más duele pero el que más honra y abrasa por dentro. Y aquí se muestra como nunca, a flor de piel.

Está intercalada con detalles míticos (ese plano de las manos unidas entre los barrotes de las celdas…, ¡¡¿¿entonces realmente se puede hacer tan bien?!!) , con golpes de humor afilado, ingenioso (obligatorio ese titular de la revista tras la que se oculta el protagonista para hacer casual el encuentro con su amante -imprescindible-), con definiciones psicológicas perfectas de unos personajes entrañables, absolutamente cercanos y veraces, en un recorrido por sus vidas, por sus circunstancias, por sus años vividos, por sus situaciones políticas (esa botella deformando la imagen televisiva del político en su discurso…, maravilloso), hay crítica política, crítica social, artística... Se tocan todos los palos, todas las etapas de pareja y todo con enorme acierto. Ni que decir tiene que las interpretaciones vuelven a ser míticas, constantes Ricardo Darín (no se puede hacer mejor) y Eduardo Blanco (ídem) mas la irrupción de Soledad Villamil que aquí es sencillamente de reverencia. Lumínica. 

#video#
Una de las películas más bellas de la historia, más identificables, más humanas, más emotivas y más gozosas que hayan podido verse. Miles de detalles con los que disfrutar innumerables ocasiones y con los que volverse a emocionar. Diálogos para el recuerdo porque: ‘-A veces pienso que las charlas sin importancia, en lugares sin importancia, fueron los momentos más importantes de mi vida’-.