lunes, 7 julio 2008

LAS CRÓNICAS DE NARNIA: EL PRÍNCIPE CASPIAN, de Andrew Adamson

por Álvaro Pedraz

Nos adentramos de lleno en la segunda entrega de esta saga infantil, para analizar qué clase de mundillo se ha creado destinado a hacer recaudación a costa de romper entrañables huchitas de cerditos…

Si con la reciente ‘Sexo en Nueva York’ se presumía imprescindible el acompañamiento de una fémina, con la cuarta producción del mismo director neozelandés que la anterior parte de Narnia y las dos primeras de ‘Shrek’, uno desea tener algún sobrinillo a mano o semejante que justifique las dos horas y media de entrada pagada.

Segunda entrega de un mundo de fantasía comercial, llena de animales mitológicos y ambientación medieval basado en las novelas del irlandés Clive Staples Lewis (compañero y amigo ‘menor’ del propio Tolkien), y que en cine viene a ser un batiburrillo que coge un poco de todo, de taquillazos como los ‘Potter’, con esos niños de la Inglaterra clásica que se trasladan al mundo mágico aquí de una manera cutrecilla y más bien al tun-tun; un poco de ‘El señor de los anillos’ con enanos calcados, consejos de razas, niñas pequeñas destinadas a misiones mientras el resto libra batallas, árboles guerreros… y hasta retazos de ‘300’ con esa pinta del villano y esas máscaras copiadas para los malos malísimos. Es como cuando se recogían las sobras para hacer croquetas, a freírlas en aceite y listo.

A favor tiene la ambientación trabajada, los efectos digitales muy bien hechos y lo mejor de todo, que es un producto libre de chistes adolescentes sin gracia o salidas de tono jocosas (bueno, menos un diálogo que dice casi literalmente: ‘-las chicas es que de orientación…’- ‘Pues por lo menos podemos hacer dos cosas a la vez…’-). El tono general es sobrio y sin boberías lo cual se agradece. Es más sano.


En su contra tiene que deja un aire muy desangelado, es una aventura infantil muy típica, muy sin alma. Hay guerras, combates y tal pero sin ningún sentido claro, sin enganchar tampoco al espectador, al cual se le entretiene con buenas imágenes sin dirección. Dos horas y media en las que, a la mitad, los niños ya empiezan a inquietarse y a gritar ‘¿Papá, han matado ya al príncipe de la caspa ese?




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