INDIANA JONES Y EL REINO DE LA CALAVERA DE CRISTAL, de Steven Spielberg
por Álvaro Pedraz
Con los látigos hay que tener sumo cuidado. Si no los manejas bien, se te pueden enroscar en el cuello y dar más de un disgusto, pueden peligrar hasta los mayores mitos conocidos. Un descuido con la fusta, como resulta esta última propuesta del director más extraterrestre (y aquí especialmente) de la historia del cine, puede llegar a asfixiar hasta los héroes que antaño creíamos invencibles.La cosa no puede empezar peor con un pequeño guiño a la distribuidora comercial en forma de montículo hecho ‘Para la mount’ y un restriegue por toda la faz del espectador de una banderita inmensa con sus barritas y sus estrellitas. Primer chasquido del latiguillo, para despejar todas las dudas previas, por si quedaba alguna. La cosa prosigue más o menos como se esperaba; el héroe algo cascadillo con descarados dobles al uso para los planos generales, y los malos malísimos buscando los mismos tesoros arqueológicos del Coronel Tapioca. Fantasmada clásica de acción (Chas, pim, paf…) del tipo ¡Alto todo el mundo que tengo un arma!, pero ¡oh, no! Hay otro detrás de mí apuntándome, pero otro amigo apuntando a éste, aunque otro malo apuntando a este último... Tampoco se olvidan de aquellos clásicos mensajes moralistas del típico personaje avaricioso que por coger más tesoros acaba palmando (ya sabéis queridos niños). Y hasta aquí pues más o menos, pero son otros puntos los que ya acaban de enredar los pies con el látigo hasta hacer caer de morros.
-Estamos ante la entrega más familiar, y patéticamente familiar, de la saga. Despídanse de aquellas picardías eróticas de anteriores entregas, aquí no hay ni castos besitos, para no ofender a los niños (a los que va destinado el producto). El encuentro que se da entre una madre y un hijo (el hijo se llama Juan…) es de los peores que se recuerdan y cuidado papaíto, cuidado hijito.
-Los efectos son de primera como cabía esperar. Lo que no cabía esperar es que estuviesen puestos al servicio de la aventura más incongruente e inverosímil de toda la serie. Adiós a aquellas tumbas creadas por civilizaciones antiguas para evitar su saqueo, ese aire fantasioso pero mínimamente (muy mínimamente) creíble. Aquí ni eso. Podrán ver a nuestro querido héroe sobrevivir a ¿una bomba nuclear? Y lo peor de todo, a los marcianicos (Adiós a ese estilo de aventurero clásico. Ahora se mezcla hasta con los ovnis incluso, ¿no querían algo diferente?). La fantasmada de base ahora sí que no hay por dónde cogerla. Qué mal queda la mezcla de Indiana con E.T. (algo así como ‘El capitán trueno’ contra ‘Robocop’). Todo vale cuando hay cheque que lo avale.
-Como es costumbre tratándose del director que es, se pueden observar múltiples guiños (o plagios directamente) a otras películas, desde 'Tarzán', ‘West Side Story’, ‘Cuando ruge la marabunta’, hasta se copia a Marlon Brando en ‘Salvaje’. Antes era más discreto y las fuentes de las que bebía eran más sesudas o desconocidas (no era tan sabido que una película de su admirado Kurosawa ya innovara con el toque de color rompiendo el blanco y negro general que se creyó revolucionario en ‘La lista de Schindler’). En esta ocasión fuera tapujos, que el pudor no es sino obstáculo. ¡Viva lo moderno, control C, control V!
En definitiva, si quieren disfrutar mínimamente de algún recuerdo nostálgico o de los efectos al uso, ya saben, sigan la tónica general: abróchense los cinturones (para pagar la entrada), desenchufen cerebros (sentido común y congruencias incluidas) y saquen algo de provecho si logran dejar de fustigarse en algún momento.
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