HABITACIÓN EN ROMA, de Julio Medem
por Álvaro PedrazAnalizamos la última propuesta de nuestro director menos dado a la indiferencia, con la perplejidad de quien asiste a algo tan imposible como abominable…
Un despelote. Y no precisamente en el sentido literal y físico del mismo concepto. Más o menos es eso lo que sugiere el octavo largometraje del director de San Sebastián, el mismo particular artífice de la muy interesante ‘Tierra’, la gran ‘Los amantes del círculo polar’ e incluso la paranoide aunque refrescante ‘Caótica Ana’, firma en esta ocasión su retrato más desfigurado, desarropado, casi antinatural.Para describir la impresión general que produce, podemos comenzar narrando cómo el asunto parte del encuentro físico y anónimo en una habitación de hotel, y desemboca en el encuentro espiritual de dos almas perdidas (como aquella gran película chilena: ‘En la cama’), que acaban sacando a relucir sus emociones más íntimas a partir de la oscuridad propia de la carne inmersa en la noche…. ¡¡¡pero mientras ponen a Bisbal de fondo y a todo trapo!!!
Con esto se quiere ejemplificar lo ridículo que quedan estos cambios bruscos y radicales de expresión. Lo tremendamente forzado que quedan dos minutos de pasión física, bastante bien rodada pero también bastante ligeros (es de las pocas ocasiones en que los espectadores varones pueden recelar ‘Pero cómo, ¿yaaa han acabado?), para dar pie a unos diálogos mucho más escandalosos de lo que podrían suponer las propias imágenes para Rouco Varela (por poner un ejemplo y exceptuando a su sobrina claro).
Todo un despropósito inverosímil que coquetea con el ridículo más pasmoso. Un diálogo tremendamente forzado a base de ‘Lo que ocurra esta noche se queda aquí’ y el innecesario juego de ‘en realidad no he sido del todo sincera’, ‘que sí, que ahora sí que te he dicho la verdad’ ‘Cuéntame algo de tu vida, me lo debes’… Y en pleno dramatismo humano artificial se insertan con calzador politonos roqueros, videos musicales de flamenco para bailarlos saltando sobre las camas, camareros suspirando por añadirse a la fiesta, vuelos sin motor por el Google earth (-enséñame donde vives, anda-)... Grotesco.
Toda una colección de punzadas al sentido común. Unos saltos mortales, que van de la conversación cotidiana al drama más puro, completamente secos, inesperados, tensos, muy sin venir a cuento (-mira te voy a enseñar a unos niños que tengo grabados en el móvil…, ay si es que no me acordaba que habían fallecido hace poco…-).
De la poesía pretendida al fango dramático sin piedad. Detalles muy gratuitos que acaba pagando la cinta en su conjunto de una manera muy muy cara.
Las interpretaciones también soportan un contraste radical. El gran esfuerzo de Elena Anaya por sacar adelante un papel durísimo y esperpéntico es digno de mención (esa escenificación forzadísima en la bañera de una flecha en el corazón…), mientras que la ucraniana Natasha Yarovenko da muestras de una tensión tan inverosímil como ese horroroso acento de doblaje.
Y es que también posee una mezcla intercultural de espanto, en forma de auténticos choques frontales, de lo incongruente que resulta. Añadiendo además alardes de conocimiento culto traídos de nuevo innecesariamente y sin venir al caso (ese cuadro es del siglo tal, ¿sabías?, y además Piero de la Francesca dijo un día que el dodecaedro le conmovía hasta la ternura… qué bien, pues a mí me indigna el pentágono…)
De lo poco salvable, quizás la esforzada apuesta visual, la búsqueda de planos y encuadres valiosos. El desayuno en la terraza con vistas a Roma resulta verdaderamente delicioso. La pena es lo dicho anteriormente, que lo que cuenta es tan atroz, tan drástico en unos cambios antinaturales de un diálogo de por sí ridículo, que hace concluir que muda o únicamente mecida con la banda sonora de Russian Red se hubiese revalorizado.
No deja indiferente, eso sí, y no llega a ser como parece una tomadura de pelo porque se llega al convencimiento de que el director está convencido de lo que está haciendo (lo que casi es peor), pero la cama de esta habitación está desprovista de cualquier sábana de credibilidad que la pudiese dejar algo menos desarropada del espectador.
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