TENIENTE CORRUPTO, de Werner Herzog
por Álvaro PedrazTodo apuntaba a otra gris ristra de corruptelas vistas mil veces y más tratándose de un remake. Sólo un director tan diferente como Herzog puede dar al traste con tales pronósticos.
La paranoia descoloca, resulta siempre original. Si atraviesas por su umbral con un género cinematográfico gris, puede convertirse en un refrescante salpicado de colores. De este modo, un director tan extravagante como el alemán responsable de ‘Fitzcarraldo’ y otras maravillosas demencias, dice no saber de la existencia del argumento original de Ferrara (ni de la tele o la radio en toda su infancia) y dedicarse a plasmar su caos en un género que generalmente ha derivado en algo tan vulgar que hacía augurarse lo peor en este (nada que ver) remake.Y la paranoia también entretiene, porque es imprevisible. Así que tenemos el placer de asistir a una escena magistral alucinatoria de unas iguanas mirando a cámara a ritmo de R&B, o el poder observar un cocodrilo desparramado por la carretera mientras otro parece prometer venganza. A cada vuelta de esquina aparece algo que se antoja como nunca visto en esas situaciones, como ver unos alicates en un plato de sopa. Y es un mérito enorme, colar lo más imprevisible en las secuencias más vistas del género policiaco. Enanos de color cruzándose por la cámara, bostezos, choques de manos con el interrogado... Sólo a un director como Herzog podría ocurrírsele colocar un policía tras una puerta sorprendiendo a unos sospechosos mientras se afeita con maquinilla eléctrica.
Y es que sólo un europeo podría haber hecho una película tan norteamericanamente desquiciada. Sólo un europeo podría haber difuminado tanto el bien y el mal que todo parezca una nebulosa de corrupción o haber colocado intencionadamente todas las banderas norteamericanas de rigor en una parafarmacia de prescripciones de medicamentos (puntazo).
Dejando aparte la particular grima que pueda generar Nicolas Cage, de vez en cuando nos sorprende embarcándose en un proyecto como éste y adecuándose como pocos a esa atmósfera general trastornada, que le viene como al pelo aquel tan extraño suyo. Negar su tormento en pantalla sería no ver más allá de esas manías personales mencionadas.
Un delicioso sinsentido, caótico, entretenido, inverosímil, más bien poco apaciguador. Saldrán atormentados tras un final consistente en una ruidosa carcajada, símbolo tal vez de la gran burla del director hacia todo un género e incluso hacia el propio y desconcertado espectador. No es que se ría DE nosotros, pretende reírse CON nosotros. O eso al menos es lo que esperamos después de tanto vaivén maravilloso y muy diferente a lo y al presupuesto.
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