MALDITOS BASTARDOS, de Quentin Tarantino
por Álvaro PedrazContada ocasión en que uno entra a la sala con ganas, casi hasta con garantías, dispuesto a merendarse todas las excentricidades de un genio explorando géneros. Que los peros no impidan ver el bosque.
Hitchcock no sólo encumbró películas de suspense, también exploró la comedia (quizás en su obra menor ‘¿Pero quién mató a Harry?’), el drama histórico, el psicoanálisis (la gran ‘Marnie’) e incluso el erotismo en una película que no dejaron estrenar, ‘Kaleidoscope’. Kurosawa no sólo fascinó con películas de samuráis, también exploró el cine negro (inmensa ‘El infierno del odio’) e incluso el drama urbano (‘Vivir’, otra joya). John Ford no sólo hizo western, también hizo dramas sociales como ‘El delator’. Renoir no sólo hizo drama social; Fritz Lang no sólo hizo películas expresionistas, también hizo gran cine negro (obligatoria ‘La mujer del cuadro’), Preminger no sólo hizo genial cine negro, también hizo buenas superproducciones de aventura. Houston no sólo geniales aventuras, exploró muchos palos; Kim Ki-Duk no sólo hace películas sin diálogos etc… Los genios de todo arte no se limitan a repetir la especialidad con la que alcanzaron la fama. Su curiosidad y ego luchan por explorar nuevos límites, por ponerse a prueba constantemente. Eso sí, siempre manteniendo su propio estilo. La firma. Para bien o para mal, Tarantino, la gran excepción del cine comercial norteamericano actual, pertenece a esta élite. Podrá gustar más o menos, pero ha sabido labrarse un estilo propio tan reconocible como el de los más grandes. Su sexta película explora el cine bélico de nazis sin dejar de mostrar pies desnudos femeninos, por poner un ejemplo entre otras muchas travesuras.Tras un penoso tráiler de promoción que en nada hace justicia, comenzamos con esa división en capítulos tan suya y nos relamemos con el comienzo. Volvían las pausas merecidas, la tensión bien construida. Vuelve el espectador a preguntarse qué sucederá. Vuelve el estilo, fumar en pipa, las miradas, las pausas, el encumbramiento del diálogo como algo importante, digno de atención (como en el resto del cine yanqui de ahora, vamos), vuelven los modales exquisitos y la violencia más expuesta. Vuelve un apasionado del cine, porque sólo un apasionado del cine puede hacer dos guiños a dos grandes como Pabst o Clouzot (sus ‘Diabólicas’ debían estar en el top ten de todas las listas) y quedar como un señor.
Y vuelve la gran dirección de actores. Uno de los grandes signos de mítico director es la capacidad de hacer ver a sus actores lo que quiere de ellos y sacar de los mismos interpretaciones inimaginables. Brad Pitt está en su sitio (un poco el de siempre. Tenía un papel mejor en ‘Amor a quemarropa’), pero los papeles femeninos y el del implacable sabueso nazi le pasan muy por encima. Christoph Waltz está más que inmenso, es todo un catálogo, un registro de intenciones en sí mismo.
Ahora bien, tanto gusto exquisito por pausar los diálogos, algo que tanto echábamos de menos y que sólo funciona cuando realmente tienen tus personajes algo que decir, aquí en ciertas secuencias se hace pelín largo. Esa sensación de que, con un par de tijeretazos en la duración, hubiese quedado algo más redonda.
Pero no se alarmen, sigue siendo una cinta muy por encima de la media, aunque quizás se esperara algo más viniendo de quien viene. No deja de tener momentos memorables, con ese juego de cartas sobre la frente o personajes como el ‘Oso judío’. No deja de sorprendernos con planos torcidos, partidos, picados a través de paredes, juegos con blanco y negro, bocadillos señalando a personajes, silbidos y hasta guitarreo de banda sonora. Típicas travesuras de autor que alegran la vista y asombran más que desentonan.
Y pese a los peros, sigue teniendo un esforzado gusto por recuperar el estilo (ese plano con una de las protagonistas con la boina calada, leyendo un libro frente a una copa de vino, en un bohemio bar francés, es de reverencia y sólo ella ya merece la entrada), por las fantásticas mujeres fatales, por los tipos con aires e ínfulas, por hacer de lo que se está narrando, algo significativo, algo para recordar.
También puede que, pretendiendo ser la más realista, o la que al menos trata un tema más verídico, estemos ante su obra más fantasiosa. No deja de parecer una tremenda fábula (inédita, eso sí) con un cambio radical de la historia. Asunto a lo que se suman detalles tan poco creíbles como el pasearse los héroes por los pasillos sin la seguridad propia de un cine plagado de las más altas estancias fascistas. Y aunque claro que el maestro nunca buscó la credibilidad sino la emoción del espectador, la única pega es que en anteriores obras todo supuso siempre una gran gamberrada alejada de la realidad. Una fantasía de principio a fin. En esta ocasión, en un entorno tan crudo e histórico, se hace todo menos digerible con esas divagaciones de guión.
En definitiva, puede que un pelín más sí que se esperase de ella y que vaya un poco de más a menos acabando en una orgía quizás demasiado fantasiosa, pero Tarantino siempre es Tarantino, uno de los más grandes. Así que más que poner pegas, lo que uno debe asistir es a un reconocible esfuerzo por recuperar el estilo, el diálogo, las miradas y la fuerza emotiva, es decir, su esfuerzo constante por recuperar, del séptimo, el arte que nunca debió dejar de ser.
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