viernes, 5 junio 2009

GÉNOVA, de Michael Winterbottom

por Álvaro Pedraz

Hay muchas clases de dramas. Un 'drama' también es sacar el 'drama' de su tipificado y respetable horario de la siesta televisiva. LLevarlo lacrimógenamente a la gran pantalla es otro drama, etc.

Paradójicamente, el aburrimiento puede marear. Vamos a probar: … todo en primeros planos:
Cojo un sobre de pasta. Miro al vacío. Lo vierto sobre el cazo hirviendo, bajo la mirada y veo que llevo los zapatos desabrochados. El cazo burbujea. Prefiero estar descalzo. Miro de reojo mi biblioteca, hay un tomo enorme de ‘La Regenta’. Vuelvo a remover el contenido del cazo. Las palomas observan expectantes desde la ventana por si sobra algo. Ojeo el librazo. El cazo se desborda, descuidado….’
Cuando el interés roza la nulidad y la atención apenas se sostiene tímidamente a base de pasar de un plano a otro rápidamente, es que algo falla. Poco remedio es el que parece tener la decimoctava película del director británico cuyo marcado estilo es el de aburrir soberanamente aparentando cine alternativo y del que ya padecimos su tortuosa ‘Un corazón invencible’.

Sacar este dramón de la típica sobremesa televisiva es como sacar a un pez de su pecera para ver cómo se retuerce sobre la alfombra. El resultado ahoga. Típico trauma familiar con accidente de tráfico que deja a un padre con dos hijas, el padre se llama Juan y el hijo… es que no tiene. Decide mudar de ciudad para ver si así se les hace más llevadero (que a los espectadores)

Apenas tres cosas sacan del aletargamiento más procaz. A saber:

-Las localizaciones y ambientación. Las calles son preciosas y filmarlas recrea los planos. Planos en los que uno repara más al tener más tiempo entre bostezo y bostezo del argumento.
-Los lamentos de la hija menor, logradamente estremecedores entre pesadillas añorando a la madre perdida, que viene a ser más mérito del doblaje, así que no llega a medio punto por no ser cualidad enteramente propia de la película original.
-Deleitarse con la luminosa belleza, tan acaparadora como anoréxica, de la hija mayor del protagonista. Ver a Willa Holland moverse como sirena en el agua de un ambiente medio hippie, entre hierbas y licores, realmente embriaga.


Y poquito más. Un tostón insufrible de aquellos en los que hora y media abultan y pesan como cinco o seis, con niñas tocando el piano y luchando por salir del shock con planos rápidos que no evitan que el espectador caiga justamente en él. Y de lleno además.


LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES, de Niels Arden Oplev
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