LA REINA VICTORIA, de Jean-Marc Vallée
por Álvaro PedrazDarse un paseo por la corte de vez en cuando no es asunto baladí, admirar sus salones y mantener siempre la compostura, es decir, no quedarse frito en la butaca…
¿’Real’? Y nunca mejor dicho, es lo que humilde servidor se cuestiona siempre con producciones como la que ahora nos ocupa, séptima de este ilustrado director canadiense. ¿Es acaso verídico tal deje pomposo en las costumbres de la época? ¿Se reproduce con fidelidad el empalagoso cortejo, los refinados modales y costumbres de las altas esferas? ¿Eran acaso no fingidos tanto rubor maniqueo, tanta libélula grácil adornando los pomposos jardines de palacio? (Por dios santo, escriba, no malintencionéis mis dudas esquivas..., así escritas parecen bajas)

Reverencia merecen sus esmerados decorados, vestuario y ambientación sin par como, por otro lado, cosa de la que también gozan todas las producciones históricas de su estilo. Es como el mínimo requisito para resultar suficientemente reconocible dentro del género.
Pero, por supuesto y para nuestra desdicha, no se ignora esas, también características a la par que cándidas, correrías bajo la lluvia, entre rebaños de gráciles corderillos. No se omite lo ‘superdura’ que resulta la vida en palacio, siempre ocultando las emociones más impúdicas o atendiendo a sus escrupulosos protocolos. E inevitablemente todo recae en un ‘soberano’ coñazo, como era más o menos previsible.
El punto diferencial es la inusual belleza británica (que tratándose de féminas suele ser contradicción) de la retratada reina que acapara los planos y la superideal pareja con el príncipe Alberto, por lo visto matrimonio modélico dentro de las monarquías históricas, con romance poco proclive a distracciones plebeyas y felizmente tutores de familia numerosa que con los años, poblaran muchas otras monarquías europeas. También aprenderemos que fue la primera reina en liderar a su pueblo desde el palacio de Buckingham y demás anotaciones culturales que mostrarán en algo útil una proyección cuyo visionado no es recomendable tras los efluvios de un copioso almuerzo, so pena de caer en los mullidos brazos de Morfeo.
Y como, hasta en deporte, lo real está de capa caída, en cine no es para menos con este alarde de decorados que, salvo el apunte de los datos históricos mencionados, el resto se mece en los presuntuosos filos de la indiferencia más plena.

Reverencia merecen sus esmerados decorados, vestuario y ambientación sin par como, por otro lado, cosa de la que también gozan todas las producciones históricas de su estilo. Es como el mínimo requisito para resultar suficientemente reconocible dentro del género.
Pero, por supuesto y para nuestra desdicha, no se ignora esas, también características a la par que cándidas, correrías bajo la lluvia, entre rebaños de gráciles corderillos. No se omite lo ‘superdura’ que resulta la vida en palacio, siempre ocultando las emociones más impúdicas o atendiendo a sus escrupulosos protocolos. E inevitablemente todo recae en un ‘soberano’ coñazo, como era más o menos previsible.
El punto diferencial es la inusual belleza británica (que tratándose de féminas suele ser contradicción) de la retratada reina que acapara los planos y la superideal pareja con el príncipe Alberto, por lo visto matrimonio modélico dentro de las monarquías históricas, con romance poco proclive a distracciones plebeyas y felizmente tutores de familia numerosa que con los años, poblaran muchas otras monarquías europeas. También aprenderemos que fue la primera reina en liderar a su pueblo desde el palacio de Buckingham y demás anotaciones culturales que mostrarán en algo útil una proyección cuyo visionado no es recomendable tras los efluvios de un copioso almuerzo, so pena de caer en los mullidos brazos de Morfeo.
Y como, hasta en deporte, lo real está de capa caída, en cine no es para menos con este alarde de decorados que, salvo el apunte de los datos históricos mencionados, el resto se mece en los presuntuosos filos de la indiferencia más plena.
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