jueves, 26 febrero 2009

THE WRESTLER (EL LUCHADOR), de Darren Aronofsky

por Álvaro Pedraz

Los ‘gañardones’ de la industria nos dejaban dudas ¿la sorpresa que no se llevara el premio Mickey Rourke por esta película, era justa? Quisimos calibrarlo esta semana…

Humanizar lo decrépito no es suficiente por sí solo. Mostrar la debilidad del antaño león es un buen ejercicio dramático, pero no basta para hacer algo que trascienda o que perdure en el espectador, la compasión es una emoción insuficiente. El inquietante director de ‘Pi’ o ‘Réquiem por un sueño’ se adentra en el género dramático y se acabó la inquietud.

La trama se ha visto en innumerables ocasiones. El luchador, bombero, torero o bombero torero, ya algo viejuno, que lucha por aferrarse al ring donde tantos momentos de gloria gozó, pero que un problema cardiaco le hace replantearse su futuro. Volver a entablar relación con la hija que abandonó de pequeña (te odio porque no viniste a mis cumples) o con la novieta de streptease que no puede comprometerse y traspasar las fronteras ‘laborales’. Mucha lagrimita a punto de nieve y poco más.

Cierto es que tiene detalles interesantes: los modos de ‘lucha’ de un espectáculo tan lamentable como el Wrestling, con sus boticas de esteroides que les hacen divagar entre asteroides, lo cutre y ‘encefalogradamente’ plano del público y del propio espectáculo en sí. Tiene sus momentos decentes como el trabajo de charcutero para salir adelante y que acaba con la psicodelia norteamericana de rigor o la triste firma de autógrafos en una sala ruinosa con lo peor de los luchadores de segunda.
Pero su previsibilidad acaba llevando al protagonista a buscar en el fondo a la familia feliz, con su hija que le rechaza y la streepper que tiene otra vida y su tema no podría funcionar. El trasfondo no puede por tanto, ser más simplón.

Y el gran reclamo de la cinta, la interpretación de un Mickey Rourke deseando ser rescatado como un Travolta cualquiera es y no es para tanto (por cierto que Marisa Tomei lo clava). Tiene sus momentos pero tampoco es algo memorable e irreprochable. No está mal, más que nada porque sabe perfectamente cómo ‘empapelar’ a un luchador en el ocaso (todavía circulan las imágenes de su casposo combate de boxeo en Oviedo). Una fama que se perdió y de la que apenas quedan rescoldos con los que calentarse.


En definitiva, un drama demasiado previsible y más bien flojito con una buena interpretación que tampoco resulta mítica. Se deja ver aunque, una vez vista, hubiese sido mejor no verla. Ahí queda eso.


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