Clásico de cine del mes: La llave de cristal
por Álvaro PedrazEste mes nos adentramos en un mundo de corrupciones políticas, asesinatos y mujeres fatales. Gloria bendita del cine negro a partir de una inmensa novela. Miel sobre hojuelas.
Cuando uno tiene una buena idea, todo lo que se haga con ella bienintencionadamente en sus múltiples facciones será tan bueno como la idea de partida. Ahí está la clave y la gran diferencia con el cine actual, el trabajo de fondo del argumento base. Una historia fascinante, intrigante, pensada, esforzada, obra de uno de los clásicos y más grandes escritores de novela negra, Dashiell Hammett (con decir que concibió ‘El halcón maltés’), de la que sólo podía salir una gran, gran película (y curiosamente bien traducida en su título), datada de 1942 de manos del director californiano Stuart Heisler (‘Tulsa’…), en su sexta aportación. De tal palo, tal astilla.La historia es inmejorable una vez se supera el inicial batiburrillo de nombres y apellidos. Al fin y al cabo uno tiene la sensación de estar asistiendo a cierto lenguaje codificado, íntimo de la gran proyección a la que se asiste. Como tampoco son demasiados los nombres y personajes relevantes, uno se va haciendo y se reconforta identificando a unos y otros en un microuniverso de corruptelas, mafias, politiqueo y asesinatos. El cine negro clásico, además, se permitía por entonces unas licencias y unas insinuaciones sensuales mucho más incendiarias que los tangas asomados actuales. Es curioso que en una cinta de principios de los cuarenta podamos ver al protagonista en plenas labores amatorias delante mismo del marido de la susodicha. Marido que admite con resignación su derrota al haber defraudado a su encendida señora. Este y otros matices hacen de esta una trama realmente fascinante. Los escarceos galantes del protagonista, repletos de provocativas miradas y posturas de reojo, son gloriosos de ver (tráiler obligado). De cuando el cine se cargaba de intención en lugar de explosiones y efectos.
Los clásicos diálogos punzantes, casi tanto como los nudillos (los trajes inmaculados no impedían el manejo de una violencia necesaria para dejar claro quién manda), identidad gloriosa del género, preceden los actos de unos personajes con presencias definidas que llenan la pantalla. El socarrón jefe, el político, el miedoso fiscal, el matón (figura curiosamente denostada. Un auténtico mafioso utiliza más su presencia, carácter y astucia que sus puños), pero sobre todo el leal, arrogante e sagaz protagonista que se cuenta como uno de los mejores y más completos papeles de la historia del cine (pocas combinaciones fueron tan conseguidas al mezclar inteligencia, elegancia, socarronería, dureza y astucia. Todo en uno, todo en Alan Ladd), una de las grandes bazas de la obra, y por supuesto, la mujer fatal, arrebatadoramente hermosa (Veronica Lake le da 10.000 vueltas a todas las Jessicas Albas, Angelinas Jolies y demás modelitos huecos de la pantalla contemporánea), cuya aparente fragilidad es compensada con una mirada de mayor punch que todos los músculos físicos habidos y por haber y que coquetea, no solamente con los corazones, sino con su implicación y autoría en los más oscuros crímenes.
(¡sniff, qué manera de hacer cine!)
Resumiendo, que aquí se puede encontrar de todo y todo bueno. Un submundo oscuro, turbio, de muertes encubiertas, tugurios lúgubres y desde cuyo fango es posible ver florecer pasiones y gloriosos escarceos. Un personaje protagonista que se mantiene firme y leal entre tanta tentación y corrupción. Un personaje para la historia. Una película para el recuerdo (para recordar de qué demonios va realmente este arte). ¿Ya me puedo despojar del babero…?
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