lunes, 26 enero 2009

REVOLUTIONARY ROAD, de Sam Mendes

por Álvaro Pedraz

No se pensaba que fuera más drama que romance, pero se temía al tratarse de parejita felizmente casada estadounidense años cincuenta. El trauma estaba servido. Es una cinta horrenda.

Otra nueva remesa (de teleserie de sobre-mesa) del género cinematográfico norteamericano del terror conyugal, ahí es nada. La familia nuclear, tan predicada por la iglesia, revienta también nuclearmente, en esta cuarta película del director británico. Muy a lo ‘American Beauty’, también del mismo director, que se está especializando en psicosis de pareja yanqui, qué gran vertiente artística.

No vale aquí la excusa que parezca presentarse intencionadamente un entorno exagerado o caricaturizado precisamente para servir de crítica. No vale porque el entorno es patético sí, pero también los protagonistas, sus vecinos, sus hijos, su trabajo y hasta el perro si lo tuviesen. No se trata del retrato de un ambiente opresivo que angustia a los protagonistas, es que los personajes que retratan son lamentables. De hecho, todo en sí es horrendo.

Y maneja conceptos horrendos porque son muy de doble moral norteamericana (mucho menos comprensibles y/o aceptables en toda esta dimensión fuera de sus fronteras), muy de familia conservadora superfeliz de la muerte (y nunca mejor dicho, sólo faltan las gaviotas).
Y el caso es que el tema en otras manos no sería tan mal tema, la huida de la rutina conyugal, el buscar revivir la vida con intensidad, recuperar la pasión y demás. El problema aquí reside no en el entorno, trabajo y comunidades rutinarias sino en que la pareja protagonista, que no son algo común como intentan plantear(las discusiones además de teatrales son tan chillonas que dan un poco de miedo –por lo menos no te duermes, mira por donde-) mantiene unos planteamientos vitales bastante cobardes; y no por el hecho de no luchar por lo que se quiere, sino por no saberlo y por dar esa impresión externa de falsa felicidad.

Ah, la felicidad…, ese concepto tan buscado por la gente de bien, por la gente ‘derecha’. Una mujercita que atienda las labores del hogar, unos polvos rutinarios, funcionales, muy norteamericanos (atención que aquí se baten todos los récords sexuales cinematográficos, kiki es muy rápido para lo que aquí se maneja), unos hijitos, un trabajo que se odia y una secretaria que atiende tus bajas súplicas (el ligue adúltero es horrendo, penoso, no hay palabras). Y luego claro, '-¿por qué lloras cariño? ¿No eres feliz? ¿Los huevos los prefieres fritos o revueltos? (qué final)-Ya hemos quedado con los Rogers, querido-'.

Y la pareja pretende cambiar de ambiente como solución a sus problemas en lugar de mirar, más que ladrar, puertas adentro.

Apunte filosofal que evoca la proyección: La felicidad, de existir tal estúpido concepto abstracto, no se encuentra en un ambiente vital si no en la satisfacción personal. Salir al mundo en busca de esa felicidad es un fracaso asegurado. Es cuando uno está a gusto consigo mismo primero, cuando puede encarar tranquilo al mundo (ya sabéis DiCaprio y Winslet, menos paranoia).


Y las interpretaciones dan bastante repelús. Están muy bien y eso es y no es un halago. Clavar un papel cargado de arranques de ira, estallidos de frustración, reventones de amargura interna, y hacerlo tan bien como si lo hubieses vivido en tus propias carnes da un poco de canguele. Lo de Kate Winslet, esposa del director, particularmente da más miedo que ‘Halloween: el origen’ y demás. Aparte de una figura y rasgos hormonales bastante masculinos, esa tensión contenida llena de ‘mi vida es una mierda y lo vas a pagarda ganas de salir del cine corriendo, más si cabe. Tiene un plano a oscuras, junto con los hijos, alumbrados sólo por las velas de la tarta preparada al padre de familia que desvela por las noches, avisados quedan.

Vamos, que dramón de sobremesa, histérico y agobiante, de aquellos de qué felices parecen por el barrio y cuando cierran la puerta, parece ‘Apocalypse Now. Esperemos que ahora, con una nueva y esperanzadora elección de su presidente, dejen de lado este tipo de claustrofóbicas producciones neoconservadoras, por ahorrarse traumas psicóticos conyugales, más que nada.


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