Cinélite: Tres colores: Blanco
por Álvaro PedrazEsta semana más que una recomendación, es una debilidad, la suma de todos los colores, de todas las bonanzas de la trilogía polaca cinematográfica, el blanco.
Sinónimo de atino, la duodécima película del director polaco Krzysztof Kieslowsky en 1994, dentro de su famosa trilogía con los colores de su homenajeado país de acogida, Francia, resulta todo un acierto y toda una experiencia fascinante.Tachada por muchos como carne de cinéfilo intelectualoide, esta trilogía, que cuenta con el nimio nexo de unión en detalles como el de una anciana intentando reciclar vidrio, posee una intensamente triste ‘Azul’, una deliciosa ‘Rojo’ y una auténtica debilidad para este quien les escribe a partir de una hoja en ‘Blanco’.
Con ese juego de color tan intencionado, aprovechando inodoros, vestidos de novia, batas, palomas, nieves y demás para crear un entorno albino, luminoso y pálido. Obra maestra por narrar una venganza dulce, sutil y maravillosa, por acompañar al protagonista en una cruda caída a los infiernos, apaleado por la vida hasta tocar fondo y asistir a uno de los mejores resurgimientos de un personaje en la historia de la filmografía.
Ese fascinante inicio deprimente, desasosegante, triste, derrotado. Ver cómo se va trasformando en energía vital, en esperanza, surgida desde el fango más profundo. Es una gozada. Y una mítica relación conyugal, dolorosa, pasional, dura, amarga, morbosa. Nunca se expresó mejor ese sentimiento tan destructivo como necesario. Si son de los que creen que el tormento no está reñido con la pasión sino que muchas veces se dan de la mano, esta es su película.
La pareja protagonista deja pálido del gusto. Lo de Zbigniew Zamachowsky, inmenso es decir poco. Esa cara de pan, de tipo inofensivo y poca cosa, es compensada condensando toda su fuerza en un brillo de mirada inigualable y genialmente explotada por el director. Magnífico en el cambio de hombre que a tocado fondo a hombre capaz de resurgir sin perder el idilio, sin perder su esperanza y deseo hacia una Julie Delpy enorme, hipnótica, de una belleza pálida y una contención en el gesto que hace caer la baba.
Un canto a la esperanza y al resurgir desde la tristeza más profunda con la receta de la determinación y la fidelidad a uno mismo. Que no les suene a muy intelectual ni rebuscado. Es una película que da en el blanco.
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