martes, 21 octubre 2008

Cinélite: Alta fidelidad

por Álvaro Pedraz

Esta semana ofrecemos una de las pocas películas en la que las conversaciones con el espectador no 'suenan' a patrañas sino a íntima confidencia...

Hay cosas irritantes que molestan en mayor o menor medida según quién las ejecute. Es así, cosas que oficialmente no soportamos, se convierten en toleradas según quién las diga o haga. Una de las sensaciones cinematográficas que más confirma esta afirmación puede que sea la adaptación de la novela de Nick Hornby por parte del director inglés (europeo tenía que ser) Stephen Frears, responsable de ‘Las amistades peligrosas’ en esta, su decimocuarta película, del año 2000.

-Las conversaciones a cámara del protagonista con el espectador ha sido siempre un recurso en cine tremendamente forzado, alienante, inverosímil. Que un tipo cuente su vida y experiencias con el sexo opuesto da hasta grima. Pero increíblemente estamos ante un ejercicio hecho con más o menos naturalidad y que se va tolerando cada vez más hasta crear cierta complicidad y cercanía con el espectador. Toda una experiencia en este tipo de lenguajes.

-Que una cinta verse sobre un tipo que lloriquea sobre sus fracasos sentimentales, que muestre una nerviosa inestabilidad emocional tan típicamente norteamericana, rodeado de friquis de la música en esta ocasión, serían ingredientes suficientes para el descarte inmediato. Pero es que aquí todo esto se convierte en humano, en cercano, en identificable.
El que un tipo como John Cusack (es que el tío moñas ha hecho cosas como El niño de Marte’) y su hermana Joan sean protagonista y secundario cuando John y Joan han interpretado juntos babosidades ñoñas comerciales y dramones de sobremesa televisiva durante tanto tiempo, hace que tolerarles sea todo un reto, y decir que John está tremendamente adecuado es casi no estar dando crédito a lo que se está diciendo. Pero ahí está. Casi acaba resultando acertado incluso un tipo como Jack Black en sus poses más típicas. 
Ni que decir tiene que la banda sonora es de lujo ya que la trama se sirve de la música como forma de expresión con una mítica tienda de discos, de las más inolvidables del cine.

-Detalles tan escabrosos como las banderitas patriotas que no pueden faltar o los cameos raros de montón de gente conocida por sus teleseries o por otras causas ajenas (sale hasta Springsteen) también suele ser motivo de repulsa, sin embargo, cada personaje que se va cruzando por la vida del protagonista es una aportación amable, interesante (papelazos pequeños los de Tim Robbins y Catherine Zeta Jones). Algo realmente insólito. 


En definitiva, las conversaciones a cámara del protagonista, que solían privar del obligado ejercicio de voyeurismo al espectador, se toleran aquí de la mejor manera posible. Siempre habrá cosas que nos saquen de quicio y que consentiremos según de quién venga.


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