CAMINO, de Javier Fesser
por Álvaro PedrazEs noticia que una película invite a la reflexión mientras impresiona y entretiene con su sincero acercamiento a una realidad que supera a la ficción más terrorífica...
Cuando uno se dedica a ir por la vida repartiendo ‘hostias’, y nunca mejor dicho, como panes, luego no puede ofenderse cuando la gente le tacha de salvaje. Por ello, no debía ofenderse demasiado una institución tan adorable como es el Opus Dei con la tercera película del director madrileño que ya apuntase grandes maneras con ‘El milagro de P. Tinto’.Escalofriantemente basada en hechos reales, se opera con bisturí a una familia de catolicismo hermético, mostrando magistralmente las vísceras del fanatismo y del papel resignado que desempeña cada miembro ante las barbaridades que les impone una iglesia extrema.
Colosalmente expuesta la postura de los progenitores, un padre abatido y tierno que desconfía del extremismo de su esposa sin rechistar por no agitar las aguas, y una madre convertida y devota que lucha con rabia por mantener a sus hijas de espaldas a la realidad. Papel clave deliciosamente interpretado y del que se esperaba peor baba todavía. Se muestra a personas más manipuladas que malintencionadas. De alguna manera muchos hemos oído, leído o visto casos más o menos cercanos más retorcidos y retrógrados si cabe. Se puede decir que no existe tal ensañamiento como ha reclamado la secta de aludidos, sino que es bastante fiel a una realidad (genial sus efectos y comidas de tarro sufridas por la hermana de la protagonista) que esperamos cada vez más extinta.
Glorioso el juego de intenciones entre una niña enferma que sufre alucinaciones y sueña con su compañero de clase de nombre Jesús y la interpretación monacal creyendo ver a una santa suspirando por su santísimo. Ese juego de confusiones es magnífico.
En su contra tiene que en su nudo central sobra cierta parte de metraje demasiado ocupado en si la niña protagonista dice esto, que si un traslado, que si te has despertado y duerme un poco. Sin hacerse larga en ningún momento, y con un final bastante trepidante, quizá sobren detalles de media hora de las casi dos y media que dura. El argumento está demasiado basado en detalles no demasiado relevantes. Además en muchas partes es extrema, se pasa con demasiada brusquedad de niñerías excesivamente infantiles, de dibujos Disney, Shakira y corazones en carpeta, a unas operaciones médicas de impresión.
Eso sí, la tensión y lo irascible están magníficamente mantenidos dado el juego que da lo que se tiene entre manos, las interpretaciones son todo un lujo, visualmente impresiona y los personajes son de los de plantearse y discutir con café por medio a la salida del cine. ¿Plantearse? ¿Debatir tras el cine? Toda una experiencia nueva, en los tiempos que corren…
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