jueves, 5 junio 2008

MIL AÑOS DE ORACIÓN, de Wayne Wang

por Álvaro Pedraz

Lo que parecía no siempre es. Hay ocasiones en que ves en folleto, pongamos una estantería, y ves que tiene muy buena pinta, te atrae el color, la forma…, pero más tarde lo abres y al montarla, faltan ajustes, aparece desnivelada y el color no es tan bonito como aparentaba. Y es que todo apuntaba grandes maneras en la decimoctava película de este director de Hong Kong. Todo hacía pensar en ese cine asiático reflexivo, con aquella intensidad tan pausada y tan característica. Pero no pudo ser.

Cocinar a fuego lento también permite saborear mejor los alimentos, que es lo que suele suceder con el cine oriental, tan cargado de emoción contenida, con esa pausa tensa y tan gustosa. En esta ocasión, consecuencia o no del viraje hacia lo occidental, o el intento de apertura china en favor de la multiculturalidad, se le resta autenticidad y carisma. El problema también reside en pretender cocinar a fuego lento únicamente agua. Acaba por evaporarse del todo y reducirse a nada. El ritmo pausado en esta ocasión resulta un error porque lo que cuenta no resulta en modo alguno tan interesante y se deriva en un profundo sopor. No existen grandes contenidos que inviten a la reflexión como parecía anunciarse.
Un anciano viudo que decide a visitar a su única hija en los Estados Unidos (representados aquí por tranquilos y amplios parques llenos de gente amigable) con algunos secretillos familiares que no consiguen despertar mucha atención y que acaba dejando esa sensación de no haber explotado suficientemente el único punto de interés: el contraste entre el comunismo chino ancestral con el capitalismo feroz (podía haber quedado como una especie de ‘La ciudad no es para mí’ pero en serio y en oriental). Por no desarrollar ni siquiera se saca punta suficiente al juego que podía haber dado el enfrentamiento de posturas entre unos adolescentes testigos de Jehová con el experimentado anciano chino. Se queda muy pero que muy a medias.


Las interpretaciones son decentes y contenidas pero la historia no da más de sí y el único entretenimiento es la lectura de los subtítulos que presiden la gran parte de la proyección. Por mucha predisposición que pongamos para la profundidad intelectual, acaba por faltar de todo y resultar un implacable somnífero.


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