Clásico de cine del mes: Yojimbo
por Álvaro Pedraz
Curiosamente, uno de los grandes ‘antes y después’ en la historia del género western es una película de samuráis japoneses. Beber de John Ford y ser bebido de gente como Sergio Leone es una cualidad sólo alcanzable por la vigesimoprimera obra maestra de uno de los directores más míticos de todos los tiempos. El bien apodado ‘Emperador del cine’ o ‘El director de la lluvia’. El inigualable Akira Kurosawa y su película de 1961: YOJIMBO.Posiblemente el más reconocido y occidentalizado de los tres grandes directores clásicos japoneses junto con Ozu o Mizoguchi (aunque a su altura esté mi admirado Inagaki), su influencia en el cine posterior es mucho más alargada de lo que cabe suponer. Obviedades plagiadas como ‘Los siete magníficos’ o aquel ‘Por un puñado de dólares’ (problemas de derechos de autor incluidos) basándose en esta que nos ocupa, pasando por ‘La guerra de las galaxias’ (que bebió de ‘La fortaleza escondida’) o incluso ‘La lista de Schindler’ (ese toque de color rojo rompiendo el blanco y negro ya apareció en ‘El infierno del odio’) son algunas de las consecuencias de un director con vocación de pintor (de ahí sus geniales encuadres) y una capacidad para el detalle y la búsqueda de la perfección visual pocas veces alcanzada. Su cine no es grande porque suene intelectualmente correcto admirar sus obras sino porque lo que narra y su forma de narrarlo son innegablemente maravillosas.
Y aquí se da también la productiva coalición de ‘El emperador y el lobo’, es decir, se cuenta con, posiblemente, el actor que mejor reflejó la ira en la historia de la cinematografía: el gran Toshirô Mifune, ‘El lobo’. Su presencia aquí es inmensa, al estilo del ‘Barbarroja’, también de Kurosawa. Dando buena cuenta del papel de duro pero honesto, en un entorno corrompido. Una joya de expresividad y poderío cuya sola figura impone más que todos los surferos modernos que copan las carteleras comerciales.
Una obra maestra de planos inolvidables, cuidados y simbólicos y cuya única pega quizá sea su excesivo cortinaje para cambiar de plano; nimiedades que no empañan una historia de las de antes, de las que encumbran a leyendas y personajes míticos, de los de verdad. Es necesario perder el miedo a parecer intelectualoides por aparcar los ‘Iron manes’ y descubrir verdaderos héroes de siempre, que cumplen con el entretenimiento de acción tan ansiado por el gran público, además de aportar un estilo y una presencia inigualables.
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