ELEGY, de Isabel Coixet
por Álvaro Pedraz
Madurez: ‘dícese de la edad de la persona que ha alcanzado su plenitud vital y aún no ha llegado a la vejez’… y también ahora del modus operandi y motivo de análisis de la sexta película de la gran directora barcelonesa en su adaptación de la novela ‘El animal moribundo’ de Philip Roth.No se trata de los típicos conflictos de pareja por la diferencia de edad, tantas veces vistos en cine de una manera más o menos cómico-chapucera, más bien es toda una reflexión desde la sobriedad y la sensatez (punto de vista ‘rara avis’ en el cine de ahora) de unos sentimientos encarados desde la experiencia cauta y también la ilusión renovada. Una gran historia que no rehúye de miedos, celos, inseguridades, entrega, dependencias, necesidades… Quizás inicialmente y, por momentos, algo nerviosa, pelín acelerada en las transiciones, quizás también debido a que el personaje de Kingsley hable demasiado, se muestre sensible por momentos, y desarraigado en los inmediatamente siguientes. Pese a su leve simpleza, es una historia elegante, preciosista, sobria, sensata, de trato cercano y con sentimientos muy reconocibles. Donde reconocerse todos los que vivimos sometidos a la belleza femenina. Y con sentencias para el recuerdo del tipo: ‘-La noche que no está conmigo me vuelvo deforme-’ o ‘-Cuando haces el amor con una mujer te vengas de todas las cosas que te han derrotado en la vida’-, que se degustan con agrado.
Al igual que las buenas historias hablan de buenos personajes, en las buenas películas hablan buenos actores. Monólogo interpretativo a dos bandas con un Ben Kingsley fabuloso cuya única pega sea la nerviosa y poco acertada voz de doblaje, que le desmerece. Realmente logra parecer un chiquillo inseguro y pasional de al menos sesenta años. Todo un logro. Y Penélope Cruz despeja dudas de nuevo sobre sus capacidades. Está inmensa, como más madura, y aquí el doblaje ajeno le favorece y ayuda a desarrollar esa faceta. Además Coixet logra sacar de ella unos planos luminosos, distintos, con uno de los posados desnudos para fotografía más logrados y significativos que se recuerdan.
En definitiva, una relación sentimental tratada con artesanía, con saber estar, con sus inevitables y humanas debilidades, pero siempre desde una sensatez y sobriedad tremendamente dignas y eminentemente bellas. Un gusto.
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