COSAS QUE PERDIMOS EN EL FUEGO, de Sussane Bier
Si preguntan a la gente a la salida de la proyección qué les han parecido las ocho horas de película, les contestarán con normalidad, porque la verdad es que la primera película yanqui (es llegar y corromperse) de la decente directora danesa, estandarte del movimiento Dogma 95, se hace eterna.Drama tremendamente flojo al que salvan unas buenas interpretaciones de unos buenos actores, en otro caso más de ‘cualquier excusa vale para juntarnos’, una especie de ‘Ahora o nunca’. Para que vean: Érase una vez una pareja ideal de la muerte que hablaban de todo, hasta de con quién les gustaría montárselo, con dos cándidos hijitos, en forma de familia perfecta, que lloran viendo anuncios de focas (como suena). Él era un padrazo, ganaba mucha pasta y les compraba heladitos a los niños. En una de estas, al actuar como el ciudadano ejemplar que era, recibe un disparo y la familia se rompe. La mujer decide dar asilo a un viejo amigo de él, ex-drogadicto en rehabilitación (hola, soy Jerry y soy adicto…¡holaa Jerry!). Y aquí llega lo bueno: enseguida el viejo amigo les dice memeces a los niños y tiene un dilema entre la atracción hacia la viuda de su mejor amigo o la conciencia moral (en el fondo no era malo, incluso antes de drogata era abogado).
El remate de los tomates es la secuencia cumbre en la que el personaje de irreprochable atractivo ejecutado por Halle Berry, pide a los dos días de dar asilo al ex-amigo de su ex-marido que, para poder conciliar el sueño, se meta en su cama y, abrazados, le tire de la oreja como lo hacía el otro. Única secuencia que mantiene despierto al espectador y válido resumen de una de las peores rehabilitaciones de drogadicción que se recuerdan en pantalla, y todo pese a las decentes interpretaciones con un gran Benicio del Toro, que no se sabe muy bien qué tenía que demostrar aceptando este papel. Sobre todo él y su compañera de reparto salvan unos muebles que reclaman a gritos una mudanza urgente.
Conclusión: inverosímil y lamentable drama familiar de zafio sentimentalismo, que da cobijo a una de las peores rehabilitaciones de una adicción jamás ejecutadas y que salvan unas muy dignas interpretaciones puestas al servicio de una penosa trama. Nada más.
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