Cinélite: Nueve Reinas
por Álvaro Pedraz
Una forma de reconocer y cuantificar una obra maestra cinematográfica posiblemente sea el número de veces que importaría volver a ver esa proyección. Se podría decir que una película se valoraría en un número proporcional al número de revisiones que admitiese. Siguiendo este criterio, NUEVE REINAS (2000), la primera película del director argentino Fabián Bielinsky (fallecido no hace mucho de un infarto con dos únicas obras maestras en su haber junto con ‘El aura’. Una de las mayores pérdidas sin duda de la cinematografía mundial), sobrepasa el valor del 10, porque admite (doy fe) más de ese número de ocasiones de disfrute. Estamos hablando muy posiblemente de uno de los mejores y más agudos guiones jamás filmados. La trama contiene tanto, tantos recovecos fabulosos, tantos detalles magistrales que para idearlo se necesitarían varios años dándole vueltas, limándola hasta lograr un acabado tan impecable. Una película que hila realmente fino, un argumento redondo, perfecto. Tantos golpes magistrales, tan bien pensada… Es un auténtico lujo. Además por supuesto contiene uno de los finales más impactantes de la historia. Toda una invitación a volver a verla, a volver a ser consciente de lo maravillosa que es, de lo enorme y trabajada que está. Deja sin habla.
Posee un humor gozoso, afilado, astuto (Casi-igual que-300). Se calla cuando se ha de callar y se habla y explica cuando se ha de explicar. Y se explica con detalle, honestamente, para que nadie deje de entender lo bien encajada que está. No necesita enmascararse en falsas complejidades o usar un lenguaje de barroco innecesario, hay algo bueno que contar, algo muy bueno. Y se expresa neta y sinceramente. Lo mejor sin duda es lo detallista que es, lo intencionada que resulta. Una canción que une muchas cosas y que le da un último toque final antológico. Unos planos que significan mucho, que son irónicos, simbólicos (esas puertas del hotel cerrándose con el personaje en el medio justo es uno de los mejores planos jamás habidos), ese inquieto tintineo de fondo cuando se entreteje la trama. Se roza la más absoluta perfección.
Y las interpretaciones, encabezadas por el mejor trabajo de uno de los actores más inteligentes que jamás se hayan puesto delante de una cámara, Ricardo Darín, que aquí sencillamente se sale. Gastón Pauls está inmenso y todos los secundarios de ensueño. No falla en nada.
Rodilla en suelo, reverencia ante la agudeza hecha cine. Homenaje obligatorio y reconocimientos todos a la película más ‘lista’, más astuta de la historia. Directamente y sin paliativos al top-ten de mejores películas de nuestra vida. Cómo era...¡ah, sí!: ‘Il ballo del mattone’.
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