SEDA, de François Girard
por Álvaro Pedraz
La belleza suele demandar ser observada con más detenimiento. De ahí el acierto de la cuarta película del director canadiense de ‘El violín rojo’, y cuya indudable belleza de imágenes justifica el ritmo de la proyección.En su contra, la certeza de que las imágenes por sí solas no llenan plenamente por muy bellas que sean. Las diapositivas también pueden resultar preciosas y por momentos causan tedio, los documentales de naturaleza son hermosos pero también útiles como somnífero a la hora de la siesta. Lo denso llega cuando la historia como tal no da más de sí (la novela corta italiana que sirve de base no da ni mucho menos para dos horas de metraje). Es a partir de ese momento cuando se torna espesa, condensada, incómoda, atragantada y difícil de asimilar. Recorre por la proyección ese aire victoriano y romántico, algo melancólico y frustrante, poco mundano y sobre todo pesado. La melancolía es un estado de ánimo a veces necesario que agobia y deprime si se toma como hábito. Aquí se expone una trama de amor y pasión a caballo (y nunca mejor dicho) entre la Europa y el Japón del XIX (mezcla siempre efectiva) con el típico conflicto entre el cariño conyugal del hogar y la pasión de lo desconocido. Simple como historia, útil quizá como el poema que amaga.
Las interpretaciones son tan etéreas como la propia trama. Interpretaciones melancólicas, poco claras, tan vagas que no se sabe si atienden a un propósito concreto o forman parte de la bucólica generalidad. Keira Knightley ejecuta con efectividad ese aire frágil y romántico cargado de melancolía británica y con Michael Pitt (tranquilas que no es el hermanísimo) sucede más de lo mismo.
Un resultado hermoso de ver y sufrido de aguantar. Una trama romántica que demanda a gritos algo más de argumento que ofrecer; más que nada para paliar la pesadez y el agotamiento general que acaba produciendo como regusto final.
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