jueves, 6 diciembre 2007

CANCIONES DE AMOR EN LOLITA’S CLUB, de Vicente Aranda

por Álvaro Pedraz

Es posible entretener visualmente sin efectos especiales. Esta es una de las conclusiones a las que podemos llegar con la vigesimocuarta película del director barcelonés (‘El lute’ o ‘La pasión turca’ entre otras) y basada en la novela de Joan Marsé.

Una trama excesiva, exagerada, de aquellas que recuerdan al dramatismo del cine patrio de los setenta/ochenta. Con una estética confusa, una ambientación extraña, al igual que el argumento, que posee cierta tendencia a la psicodelia. La historia es sencilla y, de ser tratada de otro modo, hubiese resultado sumamente aburrida; pero hay que reconocer el mérito de unas imágenes que son capaces de entretener, de captar atención; y no sólo por contar con la espectacular Flora Martínez o desarrollarse gran parte en las intimidades de un prostíbulo, sino que las perspectivas, ángulos e interpretaciones consiguen atrapar miradas. Su mayor baza es lograr esto mismo sin necesidad de explosiones, petarditos y disparos a mansalva.
Por poner un ejemplo; presentar a uno de los personajes como montador de caballos, con evidente cojera pero sin explicación alguna, consigue que el espectador maquine o se intrigue por cual o cómo fue el accidente. Envuelve a los personajes en un acertado halo intrigante y logra que el espectador ansíe saber más de sus historias personales.

En cuanto a las interpretaciones, resulta su segundo punto a favor. Acertados secundarios y ante todo un magnífico Eduardo Noriega que consigue salvar el difícil reto cinematográfico de interpretar a dos mellizos de opuestos registros.


Por lo demás, una trama sin concesiones, envuelta en nebulosas, de atmósfera inquietante y pesada. Música terrible (¿a posta por la ambientación de prostíbulo?) pero bien interpretada y entretenida visualmente. Es como aquel niño cuyas virtudes no consiguen impedir que se le margine sin jugar en el patio por raro, triste y retorcido.


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