LA TORRE DE SUSO, de Tom Fernández
Como construir una hermosa atalaya con dos incómodas astillas en las manos. El gran debut del director asturiano (sólo de esta manera ha podido reflejar tan bien la realidad asturiana) ha logrado presentar algo realmente entrañable y simpático; no excesivamente original (el argumento de uno que vuelve a su tierra para encauzar su vida ya se ha visto muchas veces) y con algunas nimias taras, pero de un muy buen nivel general. La gran novedad es que cuenta con un sentido del humor de lo mejorcito que se ha podido ver últimamente; coherente, humano, entrañable y sin chillidos histriónicos (casi igual que ‘Lío embarazoso’). Llegando a lograr algo tan difícil como que las gracias funcionen solamente con las imágenes, cosa que no han logrado todos los gags yanquis que han pululado por la cartelera durante los últimos cinco meses.
El ritmo de la narración está muy bien llevado, no corta el humor de una manera tajante con un mal drama sino que las cosas crudas son contadas sin grandes cambios de rumbo, sin perder nunca la intención y el ritmo general de la película. Lástima de las dos espinitas que mencionaba y que es lo único que sobra definitivamente en el buen resultado final: a) la voz en off del difunto que genera la trama, por resultar ñoña y sin gracia (-‘hola, estoy muerto y voy a juntar a mis amigos’-) y b) la integración multirracial que intentan insertar con calzador y que resulta muy forzada con un personaje fuera de lugar.
Las interpretaciones funcionan tan bien como el argumento, con unos personajes muy bien desarrollados, identificables y muy logrados todos (con especial mención al personaje de la madre del protagonista, genial Mariana Cordero). Además cuenta con el trabajo de un actor como Javier Cámara, cuya inteligencia aplica para ponerse en situación de lo que está interpretando y hacerlo creíble y empático en todo momento.
Resultado: una opción muy recomendable y amable, si bien por momentos algo ñoña, pero sin sobrepasar nunca el límite de lo molesto o excesivamente empalagoso. Quitando aquellas dos pequeñas taras mencionadas, un gustazo simpático, muy nuestro y muy decente. Si es que cuando nos ponemos no hacemos tan mal cine, desengañémonos. Sabemos hacerlo.
<< Home
