BEOWULF, de Robert Zemeckis
por Álvaro Pedraz
¡Qué enormes posibilidades las de la digitalización! La decimocuarta propuesta del comercial director de ‘Forrest Gump’ o ‘Regreso al futuro’, y que ya experimentase con esta misma técnica en la infantil ‘Polar Express’, nos presenta esta adaptación de un poema del inglés antiguo sobre un héroe danés en su versión digital 0.5. Desarrollo sorprendentemente más maduro de lo que suponían las iniciales declaraciones del director en las que explicaba que la lectura del poema original le supuso ‘un rollo’, se agradece que, salvo ciertas displicencias al catolicismo, no intente el héroe matar para instaurar la libertad del mundo o abanderar la igualdad, la ley y la patria. No se escatima en presentar los defectos del héroe y del poder, la debilidad humana (lógica, si la causante es Angelina Jolie, por digital que la expongan). Una buena historia, algo sobrecargada de monstruos, pero que no precisa de las propagandísticas moralinas que sí poseía ‘300’ por poner un ejemplo.
Otro asunto atañe a un motivo del cine como tal. Una de las grandezas del cine es brindar la posibilidad de vivir otras vidas que no nos son accesibles, a través de la identificación con unos personajes. Parte de esa identificación nace de su analogía con el espectador. Cuanto más cercanos y humanos resulten, más fácil será imaginarnos en sus situaciones y disfrutar o ensanchar nuestras posibilidades. La imagen digital obstaculiza en gran parte esa necesaria credibilidad mínima, ese acercamiento veraz al espectador y por tanto dificulta la identificación del espectador. Nunca una imagen digital podrá sustituir las sensaciones que transmite ver a una persona de carne y hueso encarando por nosotros situaciones y mundos distintos. Lo digital no está mal (rima improvisada) para crear fondos o decorados lo más fieles posibles, pero desencanta ver representaciones digitales de actores. Por momentos parece ser un avanzado videojuego que encima no podemos controlar.
Resumiendo, una historia fantasiosa aunque atractiva, más madura de lo que se esperaba y cuya conclusión es la de las grandes posibilidades digitales, pero que aplicada a los actores resta credibilidad y emoción sincera.
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