Clásico de cine del mes: El Arco
por Álvaro Pedraz
¿Pierden la esperanza cada vez que acuden al cine a ver algún estreno? ¿Olvidan lo que significa la originalidad y lo diferencial con cada película que ven? La solución a estos síntomas la tiene uno de los cines más impresionantes jamás realizados y recetado por un director que crea e inventa sus propios guiones, brindando como jamás se haya visto una mezcla entre la belleza visual más poética y la violencia más descarnadamente humana. Hablamos del cine del que ya pocos ponen en duda en calificar como uno de los más grandes directores de todos los tiempos: el enorme Kim-Ki-Duk y su duodécima obra maestra: EL ARCO (2005), cuya contemporaneidad no es obstáculo para encasillarla como un clásico atemporal de la historia no sólo del cine sino de la cultura global.Una historia como casi todas las de la filmografía de este maestro surcoreano que antes fue agricultor, obrero, marine y pintor (confirmando mi teoría de que los grandes directores han sido primero grandes vividores, como preludio de un cine capaz de transmitir vida y experiencia verazmente, sin colorantes ni artificios inverosímiles) y curiosamente autodefinido como cristiano protestante. Aquí nos deleita con una historia gloriosa, impactante, conmovedora, mítica, de las que hace levantar cada poco los párpados de asombro. Unos planos generales de una belleza conmovedora y una música de violín coreano que lo abarca todo.
También al estilo de los más grandes, su medio narrativo es la imagen que, en sus manos, hace que todo lo demás sobre; sólo hace uso del diálogo en sus personajes cuando no queda más remedio, como último recurso para explicar el argumento. Una vez aclarada la intención, deja flotar a sus personajes en un callado letargo, les deja ser arrastrados por una marea vital de inesperadas sacudidas. También sabe sacar de sus actores interpretaciones tan asombrosas como lo que intentan transmitir sus personajes.
Un cine que debería ser obligatorio para entender este arte y que en esta ocasión en particular nos ofrece una belleza visual rara vez lograda y al servicio de una historia que deja al resto de guiones como un montón de sandeces en su comparación. Sin llegar a la matrícula de honor de su ‘Hierro 3’, Duk consigue aquí conmover y soñar. Tímidamente suelo expresar que si uno tuviese la oportunidad de dirigir cine, el producto final se intentaría acercar a lo que nos enseña este genio del séptimo arte.
Sencillamente no hay cine igual.
"Del rey abajo, ninguno”, la obra menos representada de Rojas Zorrilla | 31 de Octubre: HALLOWEEN en los clubes madrileños | QUIÉREME, de Beda Docampo Feijó | SILVIO RODRÍGUEZ en el Palacio de los Deportes |
« Home | Ocio, Cines, Videoclubs
