HAIRSPRAY, de Adam Shankman
por Álvaro Pedraz
De pronto despierto y me veo rodeado de señores de bata blanca y amordazado de pies y manos. Comienzan a llegarme comentarios acerca de un nuevo experimento de un científico loco que se dedicaba a crear ´Canguros Superduros´.Me trasladan, me sientan en una butaca y me vuelven a amordazar con fuerza. Llevo una máscara de esas con barrotes en el agujero de la boca para no maldecir demasiado y me han colocado algo en el cuello, según ellos para que no gire en exceso la cabeza. Comienza una extraña proyección. Aparece chillando, más que cantando, una adolescente obesa dándose azotes en el trasero y moviendo unas caderas de petrolero que asustan… ¿de que va todo esto? ¿por qué me ponen ahora una reposición de Moby Dick? La proyección continúa. El mismo espécimen protagonista sigue cantando mientras echa comida a una rata… comienzan unos sudores fríos, intento desviar la vista y veo, en butacas de al lado, grupos de niñas con carpetas y aparato en los dientes. Comienzo a revolverme en la butaca.
La gente aparece bailando como si estuvieran poseídos, como críos con ‘telele’, cantan unas letras que me provocan repulsión con cosas como: que mal que aún gobierna Castro y cosas así. Se empiezan a echar laca a granel mientras chillan con estridencia en un concurso de ¿’Miss Laca adolescente’? ¿Dónde me han metido? Siguen las canciones a todo volumen. Noto como empiezan a sangrarme los oídos. Esto se pone feo. Aparecen discursos como alcanzar sueños de cuajo o que si la gente diferente es guay; aquí hasta la integración racial parece un montón de patrañas que dan grima.
Y de pronto aparece un tal Travolta travestido de madre hiperobesa. Se está armando gorda. Comienzan las náuseas. Van madre e hija a una tienda de ropa XXL y les ofrecen donuts en la entrada. Yo ya no aguanto más y empiezo a gritar, intento romperme la clavícula para escapar de las mordazas, pero no resulta. ¡Sacadme de aquí! ¡Piedad! El baile continúa enloqueciéndose y ya parece un documental de rinocerontes embistiendo. Sigue la vorágine hortera de lentejuelas, laca, rosas chillones e histerismo, hasta que finalmente pierdo la consciencia mientras oigo cada vez más lejos comentarios acerca de los innegables daños psicológicos de la proyección…
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