miércoles, 18 abril 2007

CERDOS SALVAJES, de Walt Becker

por Álvaro Pedraz

Hasta aquí hemos llegado. Realmente hemos tocado fondo. Con la tercera (sin palabras-por respeto a ustedes-) de uno de los directores más lamentables de la historia: Walt Becker, se ha cruzado el límite de lo digno.

Atención: no sueñen ni por un momento que se trate de una comedia, estamos ante uno de los mayores dramas que se han podido engendrar, un drama de los más reales que una película puede producir:

  • Drama por tener uno de vocación escritor y quedarse sin palabras para poner nombre a semejante podredumbre moral.
     
  • Drama por ser la exposición descarada de todo lo peor de la cultura yankee: hipocondría, inestabilidad psicológica y emocional, superficialidad absoluta, artificialidad, materialismo puro, doble moral, lo hortera llevado al extremo, falsa masculinidad, escatología, cursilería patética y hasta obesidad infantil (sí, también salen grasientos huevos con beicon)
     
  • Drama de que lleguemos a importar algo como ‘ésto’ sin que las autoridades ya no digo censuren (sería un acto de honestidad) pero sí recarguen de impuestos o pongan algún obstáculo a este tipo de importaciones. Europa debe reaccionar.
     
  • Drama porque ni siquiera todo el dinero del mundo justifica que alguien produzca, dirija, protagonice o participe de alguna forma en este descalabro. Ni siquiera vivir en la mayor pobreza extrema justifica aceptar ‘ese’ tipo de dinero.
     
  • Drama por ver a Ray Liotta, William Macy y John Travolta (el resto se dedican a eso) desperdiciar sus carreras de tal manera, que se les debía vetar el participar nunca más en ninguna otra producción. El caso de Travolta es escalofriante. Se merece volver al ostracismo en el que estaba antes de Pulp Fiction. Acaba de demostrar que no merecía ser resucitado por Tarantino.



No es algo distendido ni un mero entretenimiento, es un tipo de películas que denigra a quien las ve, sin exagerar. Un insulto y humillación para todos los que amamos el cine como arte. No es rabia o indignación, es sólo una honda y profunda tristeza.

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